The Black Keys a la alza


The Black Keys. Cómo dos refugiados de la zona industrial de Estados Unidos se convirtieron en una máquina de grandes conciertos


POR Staff Rolling Stone México  



The Black Keys. Cómo dos refugiados de la zona industrial de Estados Unidos se convirtieron en una máquina de grandes conciertos

Cómo dos refugiados de la zona industrial de Estados Unidos se convirtieron en una máquina de grandes conciertos

Por Brian Hiatt

The Black KeysNadie de los que se encuentran en este café orgánico de Hollywood parece haber vendido todos los boletos para el Madison Square Garden, y menos ese tipo barbudo con chamarra de mezclilla que se acerca a la mesa de la esquina. El aspecto de Dan Auerbach es asombroso: nariz puntiaguda, ojos azul claro y cabello rojo caído. Pero su vestimenta de mezclilla dice tanto “empleado de estacionamiento” como “rock star” (“No le tengo miedo al smoking canadiense”, dice, aunque al menos la chamarra azul no combina con sus jeans negros) y se mueve con una falta de rimbombancia casi intencional.

Ya sentado con su café, empieza a procesar algunas noticias que recibió por e-mail hace un par de minutos. “¿Ves cómo se me sale el cerebro por los oídos?”, pregunta Auerbach, de 32 años, el cantante y guitarrista de The Black Keys, así como el bajista, al menos en el estudio. “¡Dios mío! ¿Qué mierda está pasando?”. La efusividad no es su estilo, pero Auerbach tiene sus motivos. Después de siete discos y una década de arduas giras, su dueto de Akron, Ohio, ha completado un viaje improbable desde grabaciones en sótanos hasta presentaciones en arenas y estadios: esta mañana, The Black Keys llenaron el local más grande de Nueva York en menos de 15 minutos.

Pero aquí nadie le pone atención al líder de esta banda. “Esa es la cosa conmigo”, dice Auerbach, sacándose cabello de la frente, mientras miraba a los demás comensales inconcientes. “Quizá si trajera puesto un traje de terciopelo y un sombrero de copa y bastón; algún tipo de look, ¿sabes a qué me refiero? Todos los que llegan a ese tipo de nivel siempre trae un look. ¿Alcanza con lentes y barba? No creo… no debería pasar con bandas como nosotros. En serio que no. Es una locura”.

The Black KeysSí, es algo así. Los Keys –Auerbach y el baterista de lentes, Patrick Carney, de 31 años– lanzaron su primer disco, The Big Come Up, en 2002: eran un par de creadores de riffs de baja fidelidad que tomaban mucho del blues excéntrico de Misisipi del héroe de Auerbach, Junior Kimbrough –sin dejar de agregar toques de incongruencia como ritmos de hip hop y un cover hecho sin esfuerzo de “She Said, She Said” de The Beatles–. En ese momento, insisten los dos Keys, no sabían de otro dúo del cinturón industrial que tocaran algo tipo blues y que recibiera mucha atención ese año. Pero eso no detuvo a la gente de tachar a The Keys de imitación de The White Stripes, y hasta Jack White tiene algo que decir: “Yo me parezco mucho más a Jay-Z que a The Black Keys”, me dijo en 2010 y, aunque Auerbach no habla sobre el incidente, White supuestamente le prohibió entrar a su estudio en Nashville hace poco. (Responde White: “Lo que hayas oído sobre mí es 100% correcto”).

A medida que avanzaba la década, las modas iban y venían –rock de bandas amateur, rock bailable, emo– mientras los Keys se quedaban en su mundo hermético, con su sonido, que evolucionaba de a poco. “En los primeros discos yo ni pensaba en componer, sino en la música y el ritmo”, dice Auerbach. “Sólo se trataba de pendejear –tomar viejos riffs de blues, improvisar letras en el momento y convertir todo en una canción–. Luego empezamos a buscar entre los discos que más nos gustaban y pensábamos por qué nos gustaban tanto, además de lo sónico”. Auerbach confrontó su gruñido infernal cargado de testosterona, con un sensual falsete y un canto suave y elástico; influencias desde el soul de Memphis hasta T. Rex y rockabilly salieron al frente; sus ganchos se volvieron más fuertes, sobre todo después de haber reclutado a Brian “Danger Mouse” Burton como un socio ocasional en 2008, y empezaron a grabar en estudios en lugar de sótanos.

Pusieron todo lo que sabían al disco de 2010, Brothers y desenterraron canciones pop ya terminadas, tan clásicas que dan miedo y que capturaban la vibra polvorienta de las producciones RZA de sampleo de soul que tanto amaban. Con el rock en una de sus mayores bajas comerciales, se volvieron una de las muy pocas bandas de guitarra jóvenes en llegar a las masas. Y a diferencia de, por ejemplo, Kings of Leon, parecen estarlo logrando con dos álbumes exitosos seguidos: Brothers ganó tres premios Grammy y vendió casi un millón de copias; su nuevo disco, El Camino, más pulcro e implacable, acaba de debutar en segundo lugar –el primer lugar ocupado por un disco navideño de Michael Bublé que Carney sugiere como buena opción para musicalizar un suicidio–.

The Black KeysSu nueva ubicuidad ha tenido consecuencias predecibles. Sus discos se han agotado en tiendas de música indie, y algunos fans de antaño empiezan a sentirse alienados: “mis playeras de The Black Keys ya se han vuelto camisetas interiores”, escribió alguien en un sitio, y que suena a algo que diría el hombre de las historietas de Los Simpson.

Patrick Carney está bastante seguro de saber lo que le duele a su género musical hoy en día. “El rock & roll está muriendo porque la gente se conforma con que Nickelback sea la banda más grande del mundo”, dice, echando humo de cigarro por la ventana del loft que rentó en East Village unos días antes de que el dueto regresara a L.A. “Entonces quedaron tranquilos con la idea de que la mejor banda de rock del mundo siempre va a ser una mierda –por lo tanto, nunca deberías tratar de ser la mejor banda de rock del mundo–. ¡A la chingada con eso! El rock & roll es la música que siento con mayor pasión, y no me gusta verla arruinada ni que nos la metan a cucharadas en la boca, diluida con esta mierda horrenda post-grunge. Cuando la gente nos empieza a meter en esas categorías de mierda, dan ganas de decirles, ‘chinga a tu madre’, en serio”.

Rolling Stone México



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