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Un testigo asegura que “El Chapo” Guzmán sobornó a Enrique Peña Nieto


El expresidente mexicano fue acusado de aceptar $100 millones de dólares de parte de narcotraficantes.


POR Staff Rolling Stone  



Foto: cortesía Presidencia de la República Mexicana

Un testigo asegura que “El Chapo” Guzmán sobornó a Enrique Peña Nieto

Por Elias Leight 

Joaquín “El Chapo” Guzmán pagó un soborno de $ 100 millones de dólares al expresidente Enrique Peña Nieto, esto de acuerdo con el testimonio presentado este marte por Alex Cifuentes Villa durante el juicio, según informa The New York Times. Cifuentes, un narcotraficante colombiano, trabajó con Guzmán durante varios años.

Esta no es la primera vez que antiguos colegas y empleados de Guzmán han revelado supuestos vínculos entre las operaciones de narcotráfico en México y los funcionarios del gobierno y la policía. Sin embargo, Cifuentes alegó que la red de Guzmán se extendió incluso más allá de lo que se pensaba anteriormente, enredando a la figura más poderosa de la política mexicana. “Señor. ¿Guzmán pagó un soborno de $ 100 millones al presidente Peña Nieto? ”, Preguntó Jeffrey Lichtman, uno de los abogados de Guzmán. Cifuentes simplemente respondió, “sí”.

Si esto es cierto, Nieto tuvo compañía. Según el New York Times, el testimonio en el juicio de Guzmán sugería que los guardias de la prisión, los funcionarios del aeropuerto, los oficiales de policía, los fiscales, los asesores fiscales y el personal militar eran susceptibles a los sobornos. También se cree que Genaro García Luna, quien alguna vez se desempeñó como Director de Seguridad Pública y quien debía dirigir los esfuerzos del gobierno para llevar a los traficantes de drogas ante la justicia, aceptó pagos en efectivo. Se cree lo mismo de Guillermo González Calderoni, quien dirigió la policía federal de la Ciudad de México.

La corrupción tampoco se limitó a México. Juan Carlos Ramírez Abadía, otro colombiano que se dice que trabajó con Guzmán, afirmó haber sobornado a guardias de prisión, agentes fronterizos, abogados, policías, todo el Congreso colombiano y al expresidente colombiano Ernesto Samper cuando hacía campaña para el cargo.

“Es imposible ser el líder de un cartel de la droga en Colombia sin tener corrupción”, dijo Ramírez Abadía a la corte. “Van de la mano”.


¿Qué esperar del gobierno de López Obrador?


Cambios necesarios o urgencias mal entendidas.


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: cortesía Presidencia de la República

¿Qué esperar del gobierno de López Obrador?

Por Eduardo Reyes Chávez

Después de una victoria aplastante y con un proyecto que se jacta de ser sólido por su base inclusiva y redistributiva, son muchas las expectativas sembradas tras el arribo de Andrés Manuel López Obrador al poder; sin embargo, es evidente también la incertidumbre construida en estos últimos meses. Decisiones y declaraciones a bote pronto, permiten entrever una estrategia medianamente sólida plagada de errores tácticos, que a la par, generaron reacciones en cadena. ¿Qué puede haber de fondo? Nada más y nada menos que la complejidad de consolidar un cambio de régimen político (reglas, formas y mecanismos de gobierno) o para ser mejor entendido: esclarecer la pertenencia del poder y sus reglas de convivencia.

2018 ha dado pie a una nueva etapa de nuestra historia. Sin quitarle merito a AMLO, existió un esfuerzo colectivo que facilitó la llegada de la izquierda al poder y con ello un revulsivo que, a diferencia de otros sexenios y sin comprometer los logros conquistados, debe enfocar como prioridades aumentar nuestro ritmo de crecimiento y desarrollo sin perder de vista encausar una visión más distributiva (en un país donde casi el 45% de la población –54 millones– viven en la pobreza, el diagnóstico es claro).

Los retos que enfrenta el nuevo gobierno son mayúsculos y tienen que ver no sólo con su proyecto, sino también con todas las inercias, resistencias y desavenencias que, a lo largo de los últimos meses, hemos observado. En ese lapso diseñamos un cruce de trenes del que todos somos parte: el gobierno saliente literalmente decidió desaparecer del mapa; por su parte, medios y sectores sociales –en apariencia– se ocuparon mucho más de reclamar a AMLO decisiones tomadas, que de exigir a Enrique Peña Nieto cuentas del país que nos entrega (ambas son igual de importantes) y el gobierno entrante ejecutó decisiones y asumió protagonismos mal comunicados y peor diseñados que generaron, a la postre, más dudas que respuestas. Es por ello, que de manera muy breve, me quise dar a la tarea responder a tres incógnitas que pueden ayudar a esclarecer a qué nos enfrentamos.

Si bien el mundo vive una ola de cambios a nivel región y país (respecto al orden ideológico y político), a diferencia de la mayoría del globo, México decidió dar un viraje hacia la izquierda y no hacia la derecha. Esto que en primera instancia podría parecer contradictorio o a destiempo, no es inexplicable ni mucho menos anormal: nuestra historia ha sido excepcional a nivel continental; el régimen de partido único nos estancó respecto a la evolución democrática y por ende llegamos retrasados y maltrechos al ideal de democracia social y no electoral.

Esa ausencia de sincronía con el mundo tuvo un resultado costoso: un Estado híbrido que no es ni extremadamente liberal ni sólidamente protector. Que no reniega de sus raíces proteccionistas en terrenos tan sensibles como la educación, la salud y algunos recursos naturales, pero, que a la par, generó un proceso de desregulación, liberalización y gerencia en consonancia con el mundo pero sin las mis- mas reglas que a nivel internacional se diseñaron.

El gobierno que inició estos cambios (hace más de 30 años) diseñó las reglas para generar una clase empresarial sólida, generadora de riqueza, empleo y desarrollo; progresista en muchos sentidos, atávica en otros muchos, evasora y también ataviada con negocios multimillonarios. Lamentablemente, en paralelo, se generó incertidumbre política, se debilitó la presencia del Estado (aunque también le quitó cargas ridículas) y se cooptó a la oposición ideológicamente más cercana, desarticulando e incluso violentando a la que le era adversa.

La incertidumbre política relegó el papel ejecutor del presidente y fortaleció la importancia de las decisiones económicas. En consonancia, la clase política se sintió despresurizada y libre para “dejar hacer y dejar pasar”; ante la deliberada ausencia de mecanismos de control, instituciones débiles y ejecutivos omisos, se volvió normal la ausencia de estado de derecho, por lo que la impunidad y la corrupción (sin ser, está claro, la única explicación ni motor) aumentaron sus dimensiones.