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¿Qué esperar del gobierno de López Obrador?


Cambios necesarios o urgencias mal entendidas.


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: cortesía Presidencia de la República

¿Qué esperar del gobierno de López Obrador?

Por Eduardo Reyes Chávez

Después de una victoria aplastante y con un proyecto que se jacta de ser sólido por su base inclusiva y redistributiva, son muchas las expectativas sembradas tras el arribo de Andrés Manuel López Obrador al poder; sin embargo, es evidente también la incertidumbre construida en estos últimos meses. Decisiones y declaraciones a bote pronto, permiten entrever una estrategia medianamente sólida plagada de errores tácticos, que a la par, generaron reacciones en cadena. ¿Qué puede haber de fondo? Nada más y nada menos que la complejidad de consolidar un cambio de régimen político (reglas, formas y mecanismos de gobierno) o para ser mejor entendido: esclarecer la pertenencia del poder y sus reglas de convivencia.

2018 ha dado pie a una nueva etapa de nuestra historia. Sin quitarle merito a AMLO, existió un esfuerzo colectivo que facilitó la llegada de la izquierda al poder y con ello un revulsivo que, a diferencia de otros sexenios y sin comprometer los logros conquistados, debe enfocar como prioridades aumentar nuestro ritmo de crecimiento y desarrollo sin perder de vista encausar una visión más distributiva (en un país donde casi el 45% de la población –54 millones– viven en la pobreza, el diagnóstico es claro).

Los retos que enfrenta el nuevo gobierno son mayúsculos y tienen que ver no sólo con su proyecto, sino también con todas las inercias, resistencias y desavenencias que, a lo largo de los últimos meses, hemos observado. En ese lapso diseñamos un cruce de trenes del que todos somos parte: el gobierno saliente literalmente decidió desaparecer del mapa; por su parte, medios y sectores sociales –en apariencia– se ocuparon mucho más de reclamar a AMLO decisiones tomadas, que de exigir a Enrique Peña Nieto cuentas del país que nos entrega (ambas son igual de importantes) y el gobierno entrante ejecutó decisiones y asumió protagonismos mal comunicados y peor diseñados que generaron, a la postre, más dudas que respuestas. Es por ello, que de manera muy breve, me quise dar a la tarea responder a tres incógnitas que pueden ayudar a esclarecer a qué nos enfrentamos.

Si bien el mundo vive una ola de cambios a nivel región y país (respecto al orden ideológico y político), a diferencia de la mayoría del globo, México decidió dar un viraje hacia la izquierda y no hacia la derecha. Esto que en primera instancia podría parecer contradictorio o a destiempo, no es inexplicable ni mucho menos anormal: nuestra historia ha sido excepcional a nivel continental; el régimen de partido único nos estancó respecto a la evolución democrática y por ende llegamos retrasados y maltrechos al ideal de democracia social y no electoral.

Esa ausencia de sincronía con el mundo tuvo un resultado costoso: un Estado híbrido que no es ni extremadamente liberal ni sólidamente protector. Que no reniega de sus raíces proteccionistas en terrenos tan sensibles como la educación, la salud y algunos recursos naturales, pero, que a la par, generó un proceso de desregulación, liberalización y gerencia en consonancia con el mundo pero sin las mis- mas reglas que a nivel internacional se diseñaron.

El gobierno que inició estos cambios (hace más de 30 años) diseñó las reglas para generar una clase empresarial sólida, generadora de riqueza, empleo y desarrollo; progresista en muchos sentidos, atávica en otros muchos, evasora y también ataviada con negocios multimillonarios. Lamentablemente, en paralelo, se generó incertidumbre política, se debilitó la presencia del Estado (aunque también le quitó cargas ridículas) y se cooptó a la oposición ideológicamente más cercana, desarticulando e incluso violentando a la que le era adversa.

La incertidumbre política relegó el papel ejecutor del presidente y fortaleció la importancia de las decisiones económicas. En consonancia, la clase política se sintió despresurizada y libre para “dejar hacer y dejar pasar”; ante la deliberada ausencia de mecanismos de control, instituciones débiles y ejecutivos omisos, se volvió normal la ausencia de estado de derecho, por lo que la impunidad y la corrupción (sin ser, está claro, la única explicación ni motor) aumentaron sus dimensiones.