enero 25, 2021

Aviéntense todos

Los grandes años del rock y pop en México

La lista de conjuntos que se formaron y fueron lanzados a la popularidad entre 1960 y 1963, es inmensa. Muchos de ellos, sobresalieron por su gran calidad o por un estilo distintivo de interpretación. Algunos de ellos, solamente tuvieron unos cuantos éxitos, y otros, se mantuvieron constantemente en las listas de la popularidad. Pero más allá de lo que fue un escenario disparejo de producción musical, había mucho rocanrol, twist, ritmos de moda y baladas por doquier.

Los Sinners, Los Beatniks, Los Crazy Boys –con Luis “Vivi” Hernández el gran frontman del rock mexicano–, Los Sonámbulos, Los Boppers, Los Rogers, Los Loud Jets, Los Sparks, Los Silver Rockets, Los Blue Caps, Los Jokers y los Gibson Boys de Guadalajara, con su espléndido vocalista Manolo Muñoz, son algunos de los grupos que más se escuchaban en aquella época.

Sin embargo, más allá de su proliferación, de varios de los conjuntos se desprendieron cantantes solistas, como fue el caso de Enrique Guzmán, César Costa, Manolo Muñoz, Miguel Ángel y Paco Cañedo. Con ellos, el sonido del rock se suavizó, ya que sus canciones básicamente estaban acompañadas de grandes orquestas y arreglos musicales elaborados, dando un giro a la escena musical juvenil en México.

Las baladas, muchas de ellas importadas de una Italia embelesada por su Festival de San Remo, no solamente le quitaron el “roll” al “rock”, sino que empalagaron las frecuencias radiofónicas y diluyeron mucha de la fuerza interpretativa que había tenido el rocanrol en sus inicios.

En compensación, el mundo de los solistas propició el fortalecimiento de los grandes ídolos, la presencia de más mujeres en la escena musical y la legitimación de lo juvenil, independientemente de sus problemas, como una “etapa maravillosa de la vida”. Frente a un conjunto de rock con instrumentos eléctricos y batería, la fórmula del ídolo juvenil parecía más manejable para la industria e inocua para la imagen moral social de los jóvenes. Alberto Vázquez, Fabricio, Oscar Madrigal, Dyno y Al Suárez, fueron otros de los cantantes solistas más destacados de la época.

Entre las solistas femeninas, Angélica María, con una dulcísima voz y personalidad encantadora, se consagró como “la novia de la juventud”. Mayté Gaos, su hermana Pili, Lety Cisneros, María Eugenia Rubio, Queta Garay, Leda Moreno, las Hermanas Jiménez, Julissa y Olivia Molina, fueron de las cantantes más exitosas.

Cabe resaltar el papel de Las Mary Jets, un conjunto de mujeres en donde los tacones de aguja y las crinolinas, no fueron impedimento para tocar guitarras eléctricas y batería. Por su parte, y llegada del Norte del país, Vianey Valdéz, se convirtió en la mujer con mayor fortaleza vocal y presencia escénica en aquellos años. Su versión memorable de “Muévanse todos” fue quizá su mayor éxito. Vianey Valdéz, se convirtió además, en directora artística de Discos Peerles, puesto difícilmente ocupado por una mujer.

Y así como Vianey Valdéz había llegado de Nuevo León, desde 1963, comenzaron a aparecer en la Ciudad de México jóvenes intérpretes provenientes del Norte del país, que habrían de contrarrestar el exceso de baladistas en la escena musical.

Javier Bátiz y su hermana Baby, llegaron de Tijuana directo al Café Harlem, propiedad de Los Rebeldes del Rock. Los hermanos Bátiz, con un estilo blueseroprácticamente ignorado por las audiencias defeñas, se convirtieron en parte fundamental del circuito de los cafés cantantes.  Otros grupos norteños con gran éxito en la radio y la televisión, fueron Los Apson, así como Los Rockin’ Devils. Estos últimos se consagraron en un estilo muy bailable que se dio por llamar el “a go go”.

La televisión jugó un papel importante en la difusión de los intérpretes juveniles. La compañía Orfeón tuvo su programa Premier Orfeón, que posteriormente se llamó Premier Orfeón A Go Go y que servía como escaparate para presentar a todos sus artistas. Otro programa exitoso fue Rock 7:30, que transmitía precisamente todos los días a esa hora, teniendo a Los Beatniks como anfitriones de una revista musical que presentaba cantantes y grupos populares de entonces.

En un México en donde la televisión era incipiente, la radio fue el medio determinante para la difusión del rock durante sus años dorados. Radio Éxitos, Radio Mil, Radio Variedades, la XEDF, La Pantera, Radio Capital y 6.20, fueron algunas estaciones que transmitían rock en español, así como en inglés, o en italiano; manteniendo a los jóvenes capitalinos al tanto de las canciones que estaban en voga.

Si bien las películas fueron otra forma de popularizar a ciertos ídolos juveniles, los teatros de revista como el Follies, el Lírico y el Blanquita, fueron los lugares en donde se podía ver en vivo actuar a muchos de los jóvenes intérpretes.

Pero en realidad, los espacios concretos del rock de jóvenes y para jóvenes, fueron los cafés cantantes. Sitios de plena libertad musical, acompañada de naranjadas, limonadas, capuchinos y americanos, proliferaron con éxito por toda la ciudad. El Harlem, el Colo Colo, el Ruser, el Milletti, el Ribeau, el Rosseli, el A Plein Soleil y el Pao Pao, fueron algunos de estos lugares clave para la interpretación del rock.

Perseguidos, frecuentemente clausurados y constantemente difamados por las buenas conciencias de un México que se debatía entre la modernidad y la moralidad de su época, los cafés cantantes acabaron por desvanecerse. Y lo mismo sucedió con el rock mexicano, que terminó diluyéndose de la luz pública hacia la segunda mitad de los años sesenta. Por una parte, las traducciones de canciones de Dylan, The Beatles, Hendrix o los Stones, eran prácticamente imposibles y al mismo tiempo, la comodidad inocua de las baladas, había acaparado el mercado de la música.

Llegaría entonces el final de una fase importante del rock mexicano que se ha dado por llamar la época dorada. Más allá de los éxitos y las limitaciones, de la originalidad o copia de sus interpretaciones, constituyó un momento fundamental en la historia de la música popular en México. Una etapa que en sus inicios, estuvo marcada por el sueño de un puñado de jóvenes pioneros, que como cantaba Toño de la Villa en la emblemática canción de Los Locos del Ritmo, lo único que querían, era bailar rocanrol.

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