marzo 2, 2021

Daniel Craig sin protección alguna

El agente 007 jamás baja la guardia y tampoco el hombre que lo interpreta; hasta ahora.

EXTRAÍDO DE RS115, DICIEMBRE 2012

Aquí viene por fin Daniel Craig, sumergiéndose en los ambientes nebulosos de un turbio hotel en Manhattan, con lentes oscuros, luciendo bastante deportista con sus pants blancos y su delgadísima camiseta con cuello en V, manga corta y ceñida a los músculos, acomodándose en las sombras más profundas del salón, tomando asiento, quitándose las gafas, pidiendo una cerveza, comentando superfluamente acerca de lo que ha hecho desde la conclusión del rodaje de la última película de James Bond, Skyfall (“He estado bebiendo a gusto. Y reconectándome con mi familia y conmigo”), pronunciando algunas palabras acerca la película (“Es muy buena. Tiene una cierta ligereza, una especie de guiño porque, después de todo, se trata de una película de James Bond”) y diciendo unas cuantas palabras acerca del contrato que le compele a la realización de otras dos películas de Bond (“He intentado zafarme de esto desde que empezamos con el numerito, pero no me dejan ir y yo accedí a filmar dos más, pero primero veamos cómo le va a ésta, porque los negocios son los negocios, y si todo se va a la mierda, tengo un contrato con el que alguna otra persona podría limpiarse felizmente el culo”). Mira su cerveza. No hay más cerveza. Pide otra.

Hoy, el actor se le ve suelto y agradable, incluso amistoso, por lo menos ocasionalmente; Craig está muy dispuesto a hablar, un tipo de hombre que Craig es en realidad. Casino Royale fue estrenada en 2006 y Craig se convirtió instantáneamente en una sensación internacional. Pero antes sólo era conocido en Inglaterra, en donde había protagonizado una serie televisiva muy famosa, así como numerosas cintas pedantes y “de arte”, como la retorcida película de gángsters Layer Cake (2004), le mejor película estilo Guy Ritchie –pero sin Guy Ritchie– de todos los tiempos. En Estados Unidos, sus películas no llenaban salas (Road to Perdition) o constituían errores garrafales (Lara Croft: Tomb Raider), y en realidad los radares mediáticos no lo detectaban. Pero luego fue contratado para ser el sexto James Bond en la película número 21 de la saga, una decisión de la gente de casting que en un principio enfureció y dejó perplejos a los fans de la serie (su color de pelo no es el correcto, es de baja estatura, al parecer no sabe manejar autos con caja de velocidades, es poco hombre ya que en ocasiones se marea en los barcos, etcétera). Al final, por supuesto, fue considerado el mejor 007 desde Sean Connery y muy superior a sus ahora minimizados pares, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan. Se le elogió por su “virilidad moderna y acuciante” y por ser “el Bond más complicado de todos”, por ser “el primero que realmente sangra”, por encarnar a un “matón muy hermoso” y por los nuevos y brutales niveles de violencia no graciosa que ha sabido aportar en el set o que ha tenido que soportar, sobre todo durante esa escena donde la ultra-sádica Ilsa, Mujer Lobo de la SS, lo tortura golpeándole los testículos, que seguramente recularon hasta lo más profundo de sus intestinos. La segunda cinta de Craig-como-Bond, Quantum of Solace, no fue tan exitosa (sobre todo porque la huelga de los guionistas impidió que el equipo comenzara a filmar con un guión terminado), pero también generó ganancias ($576 millones de dólares, cantidad que debe ser comparada con los $599 millones de la producción anterior; en palabras de Craig: “Hicimos lo que debíamos hacer”) y si te gusta la oscuridad, no tienes más que sumergirte en este filme, con un Bond furioso que obsesivamente intenta vengar la muerte de su novia, Vesper Lynd, y al carajo con la M de Judi Densch y las oportunidades para colocar los pintorescos panoramas del pasado.

Y ahora tenemos Skyfall. “¿En dónde demonios te habías metido?”, pregunta M casi al principio. “Estuve disfrutando de la muerte”, responde el agente, con una frase que lo dice todo acerca de este Bond en particular, así como de los abismos psicológicos que serán revelados cuando intente salvar a M, esa figura materna, del ciber-terrorista Silva, quien es interpretado por un crujiente Javier Bardem y que resulta aún más malévolo que Mandíbulas y Blofeld, los más terribles psicópatas de los episodios previos. Skyfall gozará de un éxito similar, si no es que mayor, al de sus predecesoras, no sólo porque se trata de una gran cinta, sino porque a lo largo de los últimos 50 años, las películas de Bond han demostrado una vigencia y una resistencia sorprendentes. Tal y como ocurre con Bond, las producciones nunca fracasan. Quizá las filas para entrar a las salas no sean eternas, como las de las cintas de hobbits o magos pero, tal y como un astuto teórico de Bond escribió, este hombre “ha sabido salir de los escombros de innumerables contextos, desde la Guerra Fría hasta la contracultura; del feminismo al posmodernismo y, por ello, habita un universo ajeno a todos estos hitos”. Sin importar el obstáculo, él siempre trabaja en el caso y constituye nuestra mejor y última esperanza existencial, el regalo de la reina a la humanidad, el salvador que sabe patear traseros y ganarse a las chicas.

Por su parte, Craig lo ha convertido en un personaje más duro, más sucio, más sexy y, para apuntalar el giro dramático a través de un despliegue genial, mucho más humano en el fondo, con consecuencias de largo alcance para el mismo actor. “Cierta noche caminaba a casa”, dice, “y unos chicos dijeron: ‘¿Tienes un encendedor?’”. Yo traía encendedor –y seguramente estaba fumando– y se los presté. Cuando me vieron, dijeron: “‘¡Ah, tú eres el tipo que hace porno de hombre blanco! ¡James Bond!’”. Les respondí: “¡Ese soy yo!”, Craig suelta una carcajada sincera. “Y lo entendí perfectamente. Así soy yo. El tipo que hace porno para hombres blancos”.

Y aquí está sentado, el tipo que hace porno para hombres blancos, sorbiendo una cerveza.

“Sé que encarno a un tipo rudo, pero él no tiene nada que ver con lo más genuino en mí”, prosigue. “Siempre he sido bueno para eludir las peleas, porque trabajé en billares y limpié decenas de charcos de sangre. De hecho, sólo me metería en problemas si viera a alguna persona mirando de mala manera a mi chica. Eso es algo que siempre me ha enfurecido. Sigo poniéndome celoso, pero no como antes. Cierta vez, en un bar en Francia, un tipo le pellizcó la nalga a mi chica y yo volé de un extremo del salón al otro, llevándome por los aires al sujeto. Actualmente me hace más feliz poder hablar en privado con el agresor”, sonríe con un dejo macabro.

A los 16 años abandonó la escuela, se marchó a Londres a fin de convertirse en actor, fue aceptado en el National Youth Theatre y fue alojado por una pareja gay, Edward Wilson y Brian Lee, ambos ya fenecidos. Craig tenía 18. “Vamos, ¿quién se atrevería a invitar a un mierda de 18 años a su casa?”, dice. “No tengo idea. En esa época yo creía ser un hombre, pero no lo era. Me enseñaron a comportarme, me dieron una casa y creyeron en mí. Me guiaron al mundo de los adultos. Me acuerdo mucho de ellos”.

Tiempo después, comenzó a recibir ofertas para pequeños papeles en televisión, pero aún no contaba con mucho dinero y cuando recibía algo, lo derrochaba en “cerveza y salmón ahumado, y la cena no era más que estofado de res o pollo”. Cuando llegaba el día del pago de la renta, a veces se escabullía por ahí. Hacía lo que tenía que hacer. Robaba en los supermercados. Cierta vez, él y una novia lograron escapar con un pato. “Un auténtico pato congelado”, dice rebosante de felicidad. “Yo fui el señuelo y ella logró guardarlo dentro de su falda, toda una proeza, debo decirlo, pero lo hizo con aplomo, fingiendo estar embarazada. Por cierto, sólo robé en los supermercados que podían solventar aquellas pérdidas, y quiero que quede claro. Pero, carajo, no teníamos ni para comida y teníamos que alimentarnos”.

A los 23 se casó, tuvo una hija –Ella, ahora de 19–, se divorció, se dedicó al teatro; en 1996 interpretó a un alma disoluta y perdida en la serie Our Friends in the North, de la BBC, se convirtió en una estrella de TV, siguió probando suerte en el mundo del cine con cintas en su mayoría independientes, incluyendo Love is the Devil, la biografía de Francis Bacon, filmada en 1998, que contenía muchas escenas de sexo gay, sadomasoquista y una aparición del pene de Craig que volvió a salir en pantalla a lo grande en Some Voices, del 2000. “La desnudez no constituye un problema para mí”, dice. “Sea de hombre o de mujer, el cuerpo desnudo no me molesta. Lo he hecho sobre el escenario y en una cierta cantidad de películas. De hecho, me gustaba. Mira, esto es una carrera. Pero no, no lo haré en una cinta de Bond. Puedes enseñar tetas, pero no pitos, porque el rating disminuiría muchísimo”.

Casi desde el principio de su carrera fue llevado a Los Ángeles para ser entrevistado en Hollywood, pero nada fructificó. Finalmente, fue llamado para trabajar en algunas películas –como el objeto de deseo de Angelina Jolie en Lara Croft: Tomb Raider (2001; cuando alguien le preguntó qué se sentía besar a Jolie, él respondió, “Mojado”), como el hijo descontrolado y homicida de Paul Newman en Road to Perdition (2002) y como un asesino a sueldo proveniente de Sudáfrica en Munich (2005). Ninguna de estas cintas generó mucho en taquilla. Después de Casino Royale estelarizó Defiance (2008; una película bien intencionada de judíos contra nazis que sencillamente no pegó), Cowboys & Aliens (2011; un bodrio de ciencia-ficción), Dream House, también de 2011 y asimismo otro bodrio (pero, viéndolo por el lado amable, pudo trabajar con Weisz) y la horripilantemente cautivadora Girl With the Dragon Tatoo (2011), un súper éxito, pero más por la popularidad del libro en el que se basó que por el impasible trabajo de Craig. El punto es que ninguno de sus trabajos en Hollywood ha podido implementar su talento tal y como la franquicia de Bond lo ha hecho. Y eso que estuvo a punto de no aceptar la oferta, temiendo evidentemente que en su epitafio pudiera leerse: “Aquí yace James Bond”, en lugar de “Aquí yace un actor realmente serio”.

«Soy James Bond. Si comento alguna cosa específica, tendré que hablar acerca de ello a lo largo de los próximos 10 años”, lo cual es una explicación que suele ofrecer cuando le preguntan por qué responde con semejante parquedad. Pero al parecer hay algo más. También ha declarado que no tiene nada que ocultar, que lo que ocurre es que adora su privacidad. Pero incluso ahí parece haber gato encerrado. Es un poco extraño, por ejemplo, que nunca puedas ver fotos del actor en las que no luzca punto menos que impecable, enmarcado, con cada cabello en su lugar. Como si el móvil de todo esto no fuera otra cosa que el perfeccionismo. Casi siempre se le ve enfundado en trajes elegantes. (“Adoro los trajes, lo digo en serio”, dice. “Llegué a tener 150”). Por lo general, no sonríe –un hecho que ha obsesionado a la prensa británica (The Sun escribió alguna vez: “Pensé que primero vería a Paul McCartney royendo un pedazo de tocino y luego a Craig sonriendo”), aunque esta tarde, por alguna razón (la cerveza) ha sonreído de oreja a oreja y reído una y otra vez. Y no olvidemos todas esas respuestas dadas durante los respiros ligeros. Su primer impulso consiste en ser perfecto (solía morderse las uñas), su segundo impulso consiste en oscurecer la claridad del primero (dejó de morderse las uñas, “más o menos”). Se trata sobre todo de asuntos triviales pero, tomados en conjunto, dicen algo acerca del carácter de este hombre y de su manera de ser, y de por qué a los 6 años decidió que se convertiría en actor. Para ser visto de cierta manera, tal vez no como es en realidad sino como si fuese otro; una ficción que, por fuerza, está más allá de cualquier reproche y permanece alejada del caos del divorcio y, años más tarde, de otras situaciones desastrosas, sucias y generadoras de culpa. Todo marcha de maravilla sobre el escenario, en donde nadie sabe quién eres realmente; sobre el escenario, incluso el peor personaje es perfecto. Y, en nombre del cielo, ¿quién demonios quiere aparecer ante los demás de otra manera? Sí, carajo. No hay duda.

Mientras tanto, pasando casi desapercibido y a pesar de las protestas, Craig ha pagado las bebidas de esta noche, algo que prácticamente jamás ocurre con las celebridades que se ven acorraladas por circunstancias como las que venimos describiendo, pero quizá muy típico de Craig, tanto en el método como en los resultados, dada su indispensable gracia social.

Justo en ese momento suena su teléfono. Es su esposa. “¿Hola? ¿Todo en orden? Bien, mi amor. ¿Todo bien? No, claro que no. ¡Oh, nosotros!, no, no lo sé querida. No en este momento. ¿Te puedo llamar de vuelta para discutirlo? Muy bien. Pero deberías comer algo. Come. Te amo. Bye-bye”. Cuelga el teléfono. “Ella tiene que comer, no hay más”. Sonríe. “Porque yo iré a beber”. Y entonces sale disparado.

Mira el tráiler de Sin tiempo para morir:

En este articulo: Daniel Craig
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