marzo 4, 2021

Javier Bátiz: el brujo fronterizo

El maestro tomó a “La Tijuanera", su guitarra, y la volvió suya, nunca la dejó. Al rasguear las cuerdas hechizó a quienes lo escuchaban, una magia que, afortunadamente, sigue vigente.

Al igual que el rock nacional, este veterano músico hace poco más de medio siglo que surgió a la luz pública en uno de los tanto bares de mala muerte que abundan en las calles centrales de su natal ciudad, la frontera más cruzada del mundo, Tijuana. Tierra brava, convulsionada, intensa, donde pareciera que a nadie le importa la desgracia ajena, por la insana costumbre de ver tanta y tan frecuentemente. “Mi familia no tenía la menor idea de que trabajaba en un cabaret, diariamente me salía de casa en las noches, a escondidas para ir a trabajar. Mi madre siempre me apoyó en todo, me compró una guitarra así cómo algunos otros instrumentos, pero nunca pensó que iba a trabajar con ellos en un cabaret, eso estaba muy mal visto por una sociedad como la de Tijuana en aquél tiempo, era un cabaret que se llamaba El Convoy, todos los días, salía por la ventana de la sala y regresaba puntualmente a las 5 o 6 de la mañana del día siguiente”.

Finalmente, toda historia o mentira de alto riesgo y más aún, de diaria repetición como ésta, tenía que caer por su propio peso en algún momento. “Terminó dándose cuenta como a los seis meses, y la razón fue una tontería, en una ocasión estaba tocando en el cabaret, cuando de pronto vi a mi hermana mayor Margarita entre el público. Obviamente lo primero que pensé fue que ya me habían descubierto, pero al terminar la presentación ella me pidió que no le dijera a mi mamá en dónde había estado. Pasaron los días y mientras trataba de convencer a mi madre de que tocaba bien y quería que me dejara trabajar como músico, se me salió y le pregunté a Margarita, para defender mi teoría, ‘¿Verdad que a las personas les gusta como toco?’, ahí se enteró mi madre de todos los secretos que le guardábamos, pero comprendió y al final me dio su bendición”.

Así fue su inicio como profesional, a los 12 años comenzó a plasmar con sus seis cuerdas, el sentimiento y la esencia de una música, la cual aunque no propia, había sido adoptada probablemente desde la misma gestación, una incurable necesidad de expresarse por medio de un estilo musical con mucha más melanina.En 1957, fundo LOS TJ’s con los que recogía fielmente las influencias musicales de la música negra, blues y R&B; T Bone Walker, Muddy Waters, B.B. King, Chuck Berry, Howlin Wolf y James Brown, entre otros, fueron sus principales influencias. “Comencé a tocar un estilo que sería una mezcla de la música de Emilio Tuero, Bibriesca, Jorge Negrete, Pedro Infante, incluso hasta de Cri Cri; un día escuché la música negra americana que se transmitía desde Tijuana porque en algunos lugares de Estados Unidos estaba prohibida, y me voló la cabeza, se convirtió en mi sonido, el que ha durado mucho tiempo y que denomino Sonido Tijuana, y una cosa sí te aseguro: si no soy el mejor, si soy el primero”.

De entre todos los músicos nacionales a mediados de los años cincuenta que pudieron haber influido a un chico sencillo fronterizo, hubo un personaje que lo marcó de manera especial; “Bibriesca es bien importante, porque de no haber sido por las dobladas de cuerdas que hacía con la guitarra, no hubiera podido entender la forma de tocar de grandes maestros del blues como T.Bone Walter o John Lee Hooker, vengo de cuna mexicana por lo que esa música me llegaba familiar y culturalmente pero siempre he tocado con personas de color, es formidable tocar con ellos, tienen algo mágico que en la música es muy perceptible”.

Pasaron pocos años y con la llegada de la pubertad, también llegó la gran oportunidad, un famoso personaje llamado el Sr. Vallejo, que se encargaba de conseguir artistas y nuevos talentos para una gira musical que se llamaba La Caravana de artistas Corona, cuya procedencia sería redundante lo llevó junto con su grupo a recorrer buena parte de la República Mexicana.

La reputación del joven tijuanense subió como la espuma y sin darse cuenta, los grupos más importantes del momento empezaban a especular con él como lo hacen hoy en día en el llamado Futbol de estufa, antes de cada torneo de nuestro balompié. De pronto, el rumor se convirtió en hecho, en 1963 tres de los hermanos Tena (Waldo,  Américo y Polo) de los Rebeldes del Rock  le ofrecen hacer una audición para cubrir el difícil lugar de Johnny Laboriel, quien había iniciado una carrera en solitario tanto en la música como en el cine. En realidad los hermanos Tena los habían visto actuar en el ¨Convoy Club¨ de Tijuana, y el estilo de cantar y de tocar la guitarra de Bátiz los había dejados impresionados, por lo que decidieron llevarlo al Distrito Federal.

“¡Querían cambiar de negro!». Hablando de negros, –con todo respeto y cariño mexicano– en esos días, Estados Unidos padecía discriminación racial permanente y ofensiva. Lyndon B. Jonson, presidente en turno, apenas estaba por aprobar la Ley de Derechos Civiles en donde se contemplaban por primera vez legalmente derechos para la gente de color. No se le había ni siquiera permitido la hoy en día inalienable posibilidad de ejercer su derecho al voto en elecciones. Aunque parezca para algunos jóvenes como una película dominguera de canal de cable de segunda clase, hasta esa fecha se les impedía asistir a algunos establecimientos públicos o religiosos. Para Bátiz inicia una nueva etapa en y con ello una importante inyección de novedad a una monótona neblina que empezaba empañar la escena local, alcanzando a perder gran parte de ese atractivo desenfreno y destrampe que caracterizó a los primeros años del inocente y rebelde rock & roll mexicano.

“Era 1963 cuando empieza la historia de mi llegada al DF, por desgracia no pasé la prueba con los Rebeldes del Ritmo y no me quedé en el grupo. Las personas que me trajeron, me dieron dos semanas para conseguir trabajo en la ciudad o regresarme a Tijuana, si mal no recuerdo fue un jueves, para el sábado ya estaba trabajando en un lugar llamado La Fusa, en las calle de Coahuila y Medellín en la Roma, era un café de jazz”. Lugar que en realidad se le recuerda nostálgicamente como uno de los primeros cafés cantantes de la ciudad. La comodidad que le proporcionaba un trabajo fijo y bien remunerado, lo animó a pedir el refuerzo musical y los recuerdos del terruño a un par de ex compañeros de los TJ’s de Tijuana. El resultado fue todo un éxito, lo mismo sucedió en el Harlem, de similar contexto, pero solo fue un escalón, abriéndole puertas hasta llegar a los cabarets y centros nocturnos de mayor prestigio y que atraían a otro tipo público con recursos menos limitados. Ganaba 75 pesos diarios cuando los periódicos costaban 10 centavos y el trolebus 20”.

“Llegar a México también provocó mi realización personal, como hombre, porque yo no tuve papá, nací entre cuatro hermanas, me vine a sufrir las inclemencias del tiempo a los 16 años, un chamaquito vivido en los cabarets de la frontera, que tocaba la guitarra”. En esos momentos The Beatles conquistaban a cuanta adolescente escuchaba sus primeros rocanroles en ambos lados del océano, temas como “I Want to Hold Your Hand” o “Can’t Buy Me Love” se volvieron himnos de batalla de una juventud ávida de nuevas propuestas. “No necesariamente por venir de trabajar en un cabaret era un vicioso, borracho o lo que sea, me tengo respeto a mí mismo, la gente pensaba que por estar greñudo y ser músico era yo un drogadicto, marcan mucho los estereotipos, la imagen no tiene nada que ver con el alma y con la educación. Un greñudo es un maloliente, maleducado, ladrón, hipócrita, y la verdad es que para ser así no necesitas tener el pelo largo”.

Para los años de la Olimpiada en México, y de todos los problemas estudiantiles de sobra conocidos, Bátiz se había convertido en una de las figuras más famosas del espectáculo en México y fue contratado para realizaren una temporada en el Terraza Casino, la punta del iceberg en cuanto a centros nocturnos de gran caché de la gran Tenochtitlán.Cuentan quienes lo vivieron que personalidades de todas las esferas sociales se reunían cada noche, se trataba de un lugar donde los llenos eran diarios, era común encontrar en ellos a políticos, artistas, intelectuales y por supuesto los yupies del momento. Incluso en alguna noche en ese lugar estuvo el Rey Lagarto, Jim Morrison cantante de The Doors, en aquella única ocasión en que nos visitaron presentándose en el elegante club El Forum de los hermanos Castro, ubicado a escasas tres cuadras del Terraza, Morrison se presentó sin hacer alarde de guardaespaldas y omitiendo también a sus compañeros del grupo, sentado en una mesa bebiendo una cerveza y escuchando con atención el estilo en esos momentos innovador de tocar la guitarra del maestro tijuanense.

Javier fue un conocido mentor y guía de alumnos muy destacados como Carlos Santana, el joven Alex Lora, Abraham Laboriel o Fito de la Parra por mencionar algunos. “A Carlos Santana lo conocí en Tijuana, para mí ha sido una bendición en mi vida y carrera, su amistad se ha convertido en un buen estigma, yo tocaba en el cabaret de martes a sábado alrededor de 1958, los domingos tocaba con mi propia banda llamada los TJ’s, éramos los jefes de los bailes del club Blanco y Negro y  del Campestre, eran lugares muy fresas, yo tocaba los domingos también en el parque Guerrero a las 12 del día. Un día, la mama de Carlos me oyó y le dijo que lo llevaría a verme, Carlos tocaba el violín en el mariachi de su papá. Me pidieron que si podía darle clases, al siguiente lunes se presentó y le comencé a enseñar a tocar, los que ya tienen nociones solo necesitan alguien que les diga que hacer. Carlos es un genio musical, le enseñé a tocar la guitarra y el bajo, porque en los TJ’s necesitaba un bajista, para que pudiera tocar conmigo en el Convoy que era un bar nudista, eso lo ha dicho en varias revistas, tocó hasta 1963 con nosotros, cuando me vine a México se quedó al frente del grupo en mi lugar como guitarrista y líder del grupo.

Sin embargo no es mi alumno más distinguido, Carlos es el más conocido, pero también aprendieron a tocar conmigo otros como Fito de la Parra de Canned Heat, Abraham Laboriel y muchos otros. Espero que algún día los grandes artistas no tengan que irse fuera del país para destacar. Con la invasión de Tijuana y otros lugares del norte de la república,  trajimos ese sonido que influenció a muchas bandas, principalmente aquellos que fueron llamados de La Onda Chicana que dominó el rock durante los finales de los años sesenta y el inicio de los setenta”.

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