octubre 25, 2021

La fábrica de sueños

Un sentido homenaje a uno de los más grandes y longevos estudios cinematográficos, así como una simpática y tierna historia de amor.

Desde 1912 en las afueras de Berlín, se encuentran los estudios Babelseberg, unos de los más grandes y longevos del mundo. Uno de sus primeros nombres fue UFA, asociado al expresionismo alemán, pero también a la Alemania Nazi. Luego se conocieron como DEFA, nombre que se vincula con el muro de Berlín y con el bloque comunista. 

La fábrica de sueños es una dulce película romántica, muy por la línea de The Notebookpero también es una carta de amor a estos legendarios estudios, así como al arte y a la magia del cine. 

La historia, desarrollada en 1961, es protagonizada por Emil (Dennis Mojen) un joven que le pide a su hermano mayor Alex (Ken Duken) un empleo como asistente y extra, en los estudios DEFA. A Emil no le importa mucho el mundo del cine, hasta que conoce a Milou (Emilia Schüle), una joven a la quien confunde con la actriz francesa Melanie Melzer (Svenja Jung), pero quien en realidad es su doble de baile. Su ineptitud producto del amor a primera vista conlleva al desastre y al despido. 

Sin embargo, Emil logra cautivar a Milou y los dos acuerdan verse una última vez (al estilo de Love Affair o Sleepless In Seattle), antes de que ella tenga que regresar con la actriz a Francia. Pero en la víspera del encuentro, a los alemanes se les ocurre dividir a su país, quedando Milou hospedada en un hotel ubicado en la República Federal alemana, mientras que Emil y los estudios DEFA quedan ubicados en la República Democrática Alemana. 

Emil hace uso de su astucia y aprovecha el caos para convertirse en el director de cine Karl Boborkmann, y urde un plan con su hermano: Escribir un guion de Cleopatra para atraer a la actriz Melanie Meltzer y, de paso, hacer que Milou vuelva a su lado. Lo que Emil no sospechaba es que Milou ya se encuentra comprometida con el actor Omar (Nikolai Kinski, el hijo de Klaus), quien va a interpretar a Marco Antonio.        

La tercera cinta de Martin Schreier, luego de Robin Hood y CRO peca de ser ingenua y acaramelada, pero eso no le quita su gran encanto. Lo mejor para disfrutar al máximo esta película, consiste en entregarse a la magia del amor y dejar que la gran pantalla nos hechice.

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