enero 25, 2021

Ritchie Valens: El fin del principio

Iniciaba una exitosa carrera en el rock & roll, hasta que su prematura muerte la frenó.

“Well come on let’s go/ Let’s go, let’s go, little darlin’/And tell me that you’re never leaving…”, letra que daba la bienvenida a su sencillo “Come On, Let’s Go” de 1958. Ricardo Esteban Valenzuela Reyes siempre tuvo el sueño de ser un gran músico y sabía que iba alcanzarlo. Su pasión la sudaba entre las labores cotidianas y el sol de Pacoima, California, un poblado del valle de San Fernando, Estados Unidos, en donde las raíces mexicanas estaban bien sembradas en la búsqueda del “sueño americano”. Entre la pobreza, conflictos familiares y duras jornadas, Ricardo siempre prestó atención a la música tradicional mexicana y R&B, principalmente influenciado por el gusto de su padre, José Esteban Valenzuela. “Richie”, como le llamaban en su círculo social, siempre estaba preocupado por el bien familiar, especialmente por el de su madre, Concepción Reyes. En las fiestas era el primero en tomar cualquier instrumento para darle alegría a ese momento. El sonido de la guitarra lo cautivó, y aunque era zurdo de nacimiento, logró tocarla de forma diestra imitando el rock & roll que escuchaba en la radio.

El encanto por ese ritmo, lo hizo buscar una oportunidad para tocar ante una audiencia; momento en el que se integró y llegar a ser el frontman del grupo The  Silhouettes cuando tenía 16 años de edad. El éxito le sonreía de una manera sospechosa… Entre aplausos y gritos, ya contaba con una fama local. Este hecho llamó la atención a Bob Keane, un productor que sin dar un paso en falso, logró convencerlo de grabar un demo y así firmó un contrato con su disquera, Del-Fi en 1958. “Come One, Let’s Go” se apoderó de las estaciones de radio: Su guitarra llamaba a bailar, el pequeño solo que realiza es sencillo pero hipnotiza, mientras que su voz, aguda y sufriendo los cambios hormonales, se acopló en ese tema de dos minutos.

Ritchie Valens –Bob Keane le sugirió ponerle una “t” a su nombre y abreviar su apellido para tener impacto comercial– viajaba hacia las alturas del dinero y la fama. Siempre pensó en su madre, y le compró una casa.

Su sorprendente talento le llevó a grabar otro éxito, “Donna”, inspirado en su gran amor que fue mal visto por los padres de Donna Ludwig Fox. “Una noche me llamó por teléfono y me dijo: ‘Te escribí una canción’”, recuerda Donna. A la par, Ritchie había escuchado “La Bamba” y le gustó su ritmo y manejo de cuerdas gracias a las guitarras y arpa veracruzana. De tal forma, que la abrazó para reinventarla, convertirla en rock & roll y grabarla. Esta canción fue el éxito que hizo bailar a miles de norteamericanos con un ritmo latino, mexicano. Ritchie Valens se encontraba en uno de sus mejores momentos musicales, ya que se integró a la gira Winter Dance Party junto con Buddy Holly and The Crickets (a quién Valens admiraba), Big Booper, Dion and The Belmonts y Frankie Sardo. Hicieron un recorrido en camión por varias sedes durante el mes de febrero de 1959, sin embargo el camión en el que viajaban se descompuso y Buddy Holly tuvo que rentar una avioneta –en la que solamente cabían cuatro personas– para llegar a tiempo a la siguiente cita musical. Los lugares estaban casi asignados: Roger Peterson, de 21 años de edad, era el piloto; Buddy Holly (22 años) y Big Booper (28 años). El único asiento que estaba en disputa era entre Ritchie Valens (17 años) y Tommy Allsup (guitarrista de Buddy Holly). Un “volado” iba a decidir quién viajaría en avión. Lo ganó Ritchie. Cinco minutos después de haber despegado, la avioneta se colapsó entre una tormenta de nieve sin dejar a nadie con vida. El 3 de febrero de 1959 acabó con las promesas del rock & roll.  Valens, la leyenda que dio inicio al rock chicano y que en tan sólo ocho meses reinó en los salones de baile y estaciones de radio, fue llorado. Más tarde, su influencia se reflejó en grupos como Los Lobos o The Lonely Boys. También fue inspiración para la cinta La Bamba (1987) en la que su carisma y talento se siguen escuchando por siempre. “Hubiera deseado tener la oportunidad de decirle adiós”, solloza una señora norteamericana llamada Donna.

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