febrero 8, 2021

¡Salven a los robots supremos!

La entrevista más reveladora con el reservado dueto, líder de la música electrónica y cómo vuelve a reinventar la música dance electrónica, otra vez.

EXTRAÍDO DE LA EDICIÓN RS 121, JUNIO, 2013

Una tarde de primavera, Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter –parisinos de toda la vida, amigos de muchos años y músicos compulsivamente reservados detrás de las máscaras de robots de Daft Punk– se encuentran parados en el empedrado detrás de su estudio, parpadeando en el sol como si acabaran de salir de una cueva profunda. Que fue lo que hicieron, más o menos. “Es el primer día hermoso que hemos tenido en semanas”, dice de Homem-Christo. Gesticulando hacia un cuarto sin ventanas en el que él y Bangalter han pasado incontables horas, inclinados sobre sintetizadores en busca de sonidos nuevos, logra decir, de modo muy galo: “Igual, siempre estamos en la oscuridad”.

Bangalter saca una llave de su bolsillo y abre el cuarto; fue aquí, en abril de 2008, inmediatamente después de una gira mundial, que Daft Punk se retiró para componer canciones para su cuarto álbum, Random Access Memories. En el transcurso, habían convertido anfiteatros, estadios de béisbol y futbol repletos, en raves eufóricos; desplegando un arsenal de supercomputadoras hechas a la medida con una pirámide de casi ocho metros cubierta de pantallas y centrado, dentro de un panal al estilo Atari de rayos de luz LED. Daft Punk tuvo su primer gran éxito durante el boom de la electrónica de los años noventa, pero la gira –un alucinante espectáculo de arte teatral pop sin precedentes– los hizo más populares y los transformó, de sobrevivientes de una moda pasajera, a pioneros involuntarios de una locura de música dance, que desde entonces, se ha devorado a el mundo pop por completo. Otro conjunto, en una posición similar se hubiera dejado llevar en neutral –hubiera llenado lugares más y más grandes y soltado los mismos ritmos punzantes– aunque Daft Punk se retiró de la gira luego de 48 shows; y cuando empezaron a trabajar en  su material nuevo, fue con un deseo inquieto de reinventarse. “Ahora la música electrónica está en su zona de confort, y no se mueve ni un centímetro”, dice Bangalter. “No es lo que los artistas deberían hacer”. 

Bangalter es alto y flaco y con De Homem-Christo conforman a Daft Punk, las superestrellas más enigmáticas del pop. Además de cubrirse los rostros en las presentaciones, videos y  fotos, casi siempre operan en secreto… Y se aferran a los detalles biográficos en las raras ocasiones en que sí dan entrevistas. Así que cuando alguien de afuera entra su espacio de trabajo, es con asombro al ver ,que hasta los objetos mundanos resuenan con un sentido casi talmúdico. En el cuarto de sintetizadores hay una copia de vinilo desgastada de Blondes Have More Fun, de Rod Stewart; en una esquina hay una diminuta grabadora JVC para escuchar borradores de mezclas, con una pirámide negra de plástico colocada encima. Copias de discos blu-ray de Tron: L’Heritage (Tron: El legado, para la cual Daft Punk compuso la música) y Star Wars: L’Integrale de la Saga ocupan un estante cerca de un libro de diseños de Saul Bass, un diccionario de rimas Walker’s y el volumen de la biblioteca de Life Science llamado La mente. Pegada con una tachuela en una pared, está la foto de los robots de Daft Punk parados con R2-D2 y C-3PO en una sesión de fotos publicitarias para Adidas. “Este fue el momento en que sentí que realmente habíamos entrado a la cultura pop”, dice Bangalter.

En la última década, la influencia de Daft Punk ha crecido de manera colosal. “Hoy en día, la música electrónica es como una bebida energética en audio”, dice Bangalter. “Los artistas compensan en exceso con esa música agresiva, energética e hiperestimulante, es como si alguien te estuviera sacudiendo. Pero no puede mover a la gente a nivel emocional. Es una forma de sentirse vivo, pero…”.

“No es profundo, es superficial”, dice De Homem-Christo.

“Quizá sea la diferencia entre amor y sexo, o erotismo y pornografía”, dice Bangalter.

A medida que Daft Punk avanzaba en su nuevo álbum, estaban más y más ansiosos por deshacerse de hábitos viejos y empezar “desde cero”, dice Bangalter. Su vieja técnica de samplear funk, disco y vinilos de rock suave, de repente les pareció algo enlatado y demasiado conocido. Las cajas de ritmos que antes usaban para impulsar sonidos sonaban memorizados –“piloto automático”, dice Bangalter–. Se les ocurrió otro plan de ataque que llevaría a Daft Punk más lejos en la música electrónica, que lo que habían imaginado: “Queríamos hacer lo que hacíamos con máquinas y samplers”, dice Bangalter, “pero con gente”.

La idea fue reajustar su sonido dejando su ADN intacto y dejar atrás, a sus sucesores en el proceso. “En la música electrónica de hoy hay una crisis de identidad”, dice Bangalter. “Oyes una canción: ¿De quién es? No tiene nada distintivo. Todos los que hacen música electrónica tienen las mismas herramientas y plantillas. Escuchas y sientes que se puede hacer en un iPad”. Frunce el ceño. “Si todos se saben todos los trucos, ya no hay magia”.

Mientras tanto, Bangalter me muestra un poco de magia. Toca un oscilador en el enorme sintetizador y un ensordecedor zumbido inunda el lugar. Se pone de rodillas, conecta un cable de una salida a una entrada y gira una perilla un milímetro. Una distorsión rasposa invade las orillas de la señal. Juega un poco más y el zumbido se convierte en un hipo hipnótico y luego, en un fuerte golpeteo de música house. En el disco nuevo el sintetizador está “en todos lados un poco”, dice, tocando a mano cada vez: “Con esto, nunca vuelves a conseguir lo que tienes esta vez no hay un ‘Save As’. Es un parque de diversiones para armar un sonido desde el piso para arriba”.

Ningún conjunto musical consigue el mismo balance entre seriedad y vivacidad que Daft Punk. Por un lado, hablar altivamente de la evolución musical y que la música sea “una invitación a un viaje sónico”; por otro lado, usan cascos kitsch que parecen sacados de las portadas de libros ochenteros de Isaac Asimov. Bangalter describe el look de robot como una táctica filosófica con un concepto de altura –“Nos interesa la delgada línea entre la ficción y la realidad, en crear esas personas ficticias que existen en la vida real”– y una forma de envolver la música de Daft Punk dentro de una tradición de teatralidad pop vistosa que incluye “Kraftwerk, Ziggy Stardust y Kiss; la gente pensaba que los cascos eran marketing o algo así, pero para nosotros era glamour de ciencia ficción”.

Los robots también les permiten a Bangalter y a De Homem-Christo, ambos, fanáticos en recesión de la tecnología, ejercer una atracción del público que sus caras descubiertas –guapas, de una forma rústica pero común y corriente– nunca podrían igualar. “Somos intérpretes, no somos modelos; la humanidad no disfrutaría de ver nuestras características”, dice de Homem-Christo con ironía, “pero los robots emocionan a la gente”.

En la década de los años noventa, el dueto se puso bolsas de plástico en sus cabezas durante apariciones promocionales y se compraron máscaras de Halloween tétricas para usar en sesiones de fotos. Los cascos de robot, diseñadas por amigos franceses, originalmente venían con pelucas amaneradas –china para Bangalter, lacia para de Homem-Christo–. Sin embargo, en el camino a la sesión de fotos para una revista en el 2001, en la que presentaron los cascos por primera vez, Daft Punk les arrancaron las pelucas a los cascos y decidieron que los robots quedaban mejor calvos. “Más elegantes”, dice Bangalter. Hoy tienen varias versiones diferentes de los cascos; algunos con aire acondicionado integrado y sistemas de comunicaciones para los shows en vivo; otros están hechos de materiales más fotografiables, para sesiones de fotos y proyectos como Electroma, la viajada película sin diálogos del 2006 dirigido por Daft Punk. Sus más recientes cascos fueron hechos por una tienda de efectos especiales de Hollywood “que trabajó en la nueva cinta de El hombre araña”, dice Bangalter y agrega, que la empresa firmó un acuerdo de confidencialidad sobre las especificaciones exactas de los cascos. Compara a Daft Punk con “Warhol, mezclando la producción masiva y el arte”, pero el dúo también puede asemejar la Walt Disney Company o Coca-Cola; un gran multinacional que resguarda su propiedad intelectual. Los cascos de robot caseros proliferan en línea, inspirados en sitios de fans y son vendidos en eBay, “pero las proporciones son difíciles de alcanzar con sólo ver fotos, así que parecen un poco inexactas”, dice Bangalter.

Cuando el sol está a punto de ponerse, Daft Punk deja el estudio y nos dirigimos al bar Harry’s New York. Bangalter empieza a devorar nueces y describe los orígenes del dueto. “Conocía a Guy-Man en segundo de secundaria”, dice. “A final del año hicimos un viaje con la clase a Pompeya y en el coche, empezamos a inventar canciones. Cuando volvimos, las grabamos con un tecladito Casio”.

“Era Italo disco por chavos de 12 años”, dice De Homem-Christo. Me pregunto si las cintas todavía existen, pero niega con la cabeza: “Sólo nuestro primer video clip. Mi padre todavía lo tiene. Es Thomas cantando y yo me río con él mientras sostengo la cámara”.

Daft Punk se criaron cómodamente. La escuela donde se conocieron fue el Lycée Carnot, cuyo alumnado incluyó a Jacques Chirac, Dominique Strauss-Kahn y el líder de la Organización Mundial del Comercio, Pascal Lamy. Bangalter y De Homem-Christo rentaban películas de terror como Masacre en Texas y La profecía en VHS, y las veían juntos en el apartamento del papá de Bangalter en Montmartre. Los padres de Homem-Christo administraban juntos una agencia de publicidad y él viene de un clan de extracción dudosamente paneuropea: su bisabuelo, Francisco Manuel Homem Cristo Filho, fue un escritor, descrito por historiadores actuales como “el primer portugués fascista auténtico e indisputable”, amigo personal de Benito Mussolini. “Yo sólo lo conozco de fotos, por supuesto”, dice de Homem-Christo. En la ciudad portu

guesa de Aveiro hay una calle Homem Cristo y una escuela Homem Cristo, por sus ancestros.

En su adolescencia tardía, Bangalter y De Homem-Christo formaron un trío de rock llamado Darlin’ con Laurent Brancowitz (guitarrista de Phoenix), quien se unió porque encontró un folleto de «se busca guitarrista». Darlin’ tenía una teatralidad escueta, en notable contraste con lo evasivo de Daft Punk: en el escenario tocaron un cover de “Love Theme From Kiss”. De Homem-Christo se ponía su abrigo de piel, brillantina en las manos y una estrella en el cachete. En una presentación en Versalles, se presentaron con un grupo local llamado Loveboat, con Thomas Mars, Deck D’Arcy y Christian Mazzalai, que luego, formarían Phoenix con Brancowitz

La repartición de labores de Daft Punk, siempre ha sido turbia para los de afuera y el par así lo prefiere. Bangalter dice que es mas hands-on cuando se trata de la tecnología, pero que él y De Homem-Christo  sienten que tienen una conexión especial. “Como gemelos siameses”, dice Michel Gondry, “para mí, Guy-Manuel es un poco como Meg en The White Stripes; callada, pero anclaba a Jack White”. El héroe musical del house, Todd Edwards, quien ha colaborado con Daft Punk varias veces, dice, “Thomas es más como el líder, el que acomoda todo, va al frente con todas las decisiones ejecutivas, así que el trabajo se está haciendo. Luego llega Guy-Man y pone su parte, que es fundamental”. Para el nuevo álbum de Daft Punk, Giorgio Moroder, el padrino de la música disco, dio una presentación hablada en tres micrófonos de tres décadas diferentes. “Thomas tiene superoídos”, dice Moroder. “Le pregunté al ingeniero, ‘¿Quién va a poder oír la diferencia entre esos micrófonos?’ Me dijo, ‘Nadie. Pero los muchachos sí’ ”.

A inicios de la década de los años noventa, Bangalter y de Homem-Christo perdieron interés en el rock y transitaron hacia los raves underground de París. “La historia que escuché es que las mujeres no eran muy hermosas ni sexys en la escena del rock”, dice Daniel Dauxerre, quien trabaja en una tienda de discos en París donde los chicos adolescentes de Daft Punk, buscaban vinilos, “pero fueron al rave, vieron muchas mujeres hermosas y dijeron, ‘¡Esa es la música que tenemos que hacer!’ ”. En 1993, luego de terminar la prepa, Bangalter –que había pasado muchas vacaciones de verano en campamentos en Maine, Estado Unidos– hizo un viaje relámpago de sólo tres semanas a Manhattan, se registró en “algún hotel en Madison Avenue” y hacía fiestas sin parar. Con los $1500 dólares que recibió al cumplir 18 años, Bangalter compró unos sintetizadores y empezó a improvisar en su cuarto en París con de Homem-Christo. Los dos dejaron la universidad y eligieron el nombre de su nuevo grupo dance en honor a una crítica británica que recibió Darlin’, que se refería a su único sencillo como “música thrash punk y tonta” (Daft Punk).

El pasado mes de marzo, cinco años después de que Daft Punk empezara a trabajar en Random Access Memories, un comercial fue transmitido durante Saturday Night Live, con una noticia críptica de que el dueto estaba de vuelta. El comercial incluía ocho barras de una canción llamada “Get Lucky” junto con un gráfico de los cascos de robot fusionándose. La música –una clásica alegre melodía disco tocada con precisión milimétrica en guitarra, bajo, batería y teclados– anunciaba el cambio en el sonido del dueto, que se dirigía a la Tierra. En 15 segundos, se terminaba.

Los fans subieron el comercial a YouTube de inmediato; alguno hizo un loop con las barras una y otra vez, hasta convertirlo en un maratón de 10 horas. Los sitios de música y paneles de discusiones entraron en alerta roja o modo Daft Watch. Retransmitiendo sin descanso las noticias de que, por ejemplo, habían aparecido 13 canciones sin nombre atribuidas a Daft Punk en la base de datos de una agencia británica de distribución de regalías: “Varían en duración, entre 3:48 y 9:04”, notó un escritor.

“Nuestro resultado es raro”, dice Bangalter, “y eso significa que la gente nos pone más atención”. Unas semanas después, Daft Punk lanzó otro comercial en SNL que revelaba el nombre del álbum. En todos lados aparecieron posters y espectaculares con el arte del álbum, como parte del lanzamiento magistralmente intrigante, hecho deliberadamente a la antigua. En cuestión de semanas, Random Access Memories había pasado de ser un secreto impresionantemente bien cuidado a uno de los lanzamientos más anticipados de la década.

El disco anterior de Daft Punk, Human After All, de 2005, fue un austero ejercicio de dance rock mecanizado, forjado en menos de dos meses. El álbum suena vigorizante hoy, pero rindió mucho menos que sus predecesores, tanto en críticas como en ventas. Quizá como reacción a esto, Random Access Memories es, en extremo contraste, el álbum más ambicioso, costos y que más tiempo llevó crear en la carrera de Daft Punk. Una suite opulenta de sonidos disco chapados en oro, letras púrpuras y adornos prog-operáticos, diseñados con abrumadora precisión. “Fácil, gastamos más de un millón de dólares para hacerlo.”, dice Bangalter. “Pero eso no es importante”.

Cuando Pharrell, en su visita a París, cantó por primera vez su verso para “Get Lucky”, Daft Punk le pidió “cántala otra vez”, recuerda Pharrell. “Luego hice cuatro o cinco tomas más, eligieron lo que les gustó, luego canté cada una de esas partes una y otra vez. Los robots son perfeccionistas”. Daft Punk contrató coros, secciones de cuerdas, trompetistas y gente que tocara guitarras con pedales; grabaron efectos de sonidos en el estudio de foleys en Warner Bros. Tocaron partes ellos mismos, luego les pagaron a profesionales que habían trabajado en Thriller y Off the Wall para que lo tocaran mejor. Les sacaron vocales a invitados como Panda Bear y Julian Casablancas; la mente maestra chic Nile Rodgers tocó la guitarra en tres tracks. Volaron a legendarios estudios de grabación en Nueva York y Los Ángeles, como Electric Lady y Henson, para capturar los sonidos y vibras únicas de los salones clásicos. Dondequiera que estuvieran, dejaban los micrófonos prendidos, capturando tocadas despreocupadas –“Teníamos cintas Ampex por todos lados”, dice De Homem-Christo– que luego editaron usando Pro Tools, conjurando canciones del pietaje. “Como si estuviéramos haciendo una película”, dice Bangalter. “Hay canciones que se remontan dos años y medio y a cinco estudios diferentes…”.

Tomamos un taxi hasta un restaurante en un hotel boutique en Pigalle. “La décadas de los años setenta y ochenta son las más sabrosas para nosotros”, dice de Homem-Christo. “No es que no podamos hacer cosas locas que suenen futuristas, pero queríamos jugar con el pasado”. Aunque su mirada no estaba puesta por completo hacia atrás. Kanye West llegó al estudio de París en cierto punto y se tomaron un descanso, para hacer música ostensiblemente para su próximo álbum. “Teníamos en marcha una combinación de percusiones en vivo y percusiones programadas”, dice Bangalter. “Y Kanye rapeaba encima de todo”, recuerda de Homem-Christo.

“Ni siquiera rapeaba, más bien gritaba de forma muy primal”, dice Bangalter. Hace pocos meses, West tocó demos rústicos para A-Trak, quien los describe como “monstruos electrónicos futuristas” sin melodía, sólo “percusiones muy distorsionadas y los gritos de Kanye son increíbles”. En el autor de hip hop de Chicago, Daft Punk claramente ve un alma gemela. “Kanye se siente cómodo con nosotros, así que se permite ser vulnerable”, dice Bangalter.

Es el primer fin de semana del Festival Coachella, Daft Punk rentó la mansión que antes era de Bing Crosby, para un fin de semana largo. Pharrell pasó por aquí, pero unos 10 amigos más del dueto se están quedando aquí; comparten cuartos, juegan ping-pong en la sala, preparan cócteles en el bar bien abastecido, suben al techo y se avientan a la alberca en el jardín (las familias de Daft Punk están en otras partes). El dueto está aquí para sorprender al público esta noche, pero no dicen nada sobre lo que podría ser. ¿Traen los cascos de robot? “No”, dice Bangalter. “No podemos decirte dónde están”. Todd Edwards, el DJ, está en la sala tomando tequila. “Ni yo sé lo que van a hacer”, dice. “Si no me dicen, yo no husmeo”. Lo que no van a hacer esta noche, insiste Daft Punk, es tocar. Bangalter dice que ni siquiera hay planes para salir de gira con el álbum nuevo: “Queremos concentrar todo en el acto y la emoción de escuchar el álbum. No vemos una gira como un accesorio para el álbum” (cuando finalmente salgan de viaje, agrega, será con un set list que abarque toda su carrera y no demasiado enfocado en el material nuevo).

Alrededor de las 19:30 hrs., Daft Punk y sus amigos se meten a una van para dirigirse al festival. Pharrell y su equipo van detrás en una Sprinter negra. Bangalter conecta su teléfono al estéreo para que suenen Quincy Jones y Led Zeppelin a todo volumen.

Elementos de seguridad nos indican cómo llegar al límite del terreno donde será el festival Coachell, y dos carritos de golf parados, nos llevan al área para artistas.

A las 20:35 hrs., los Yeah Yeah Yeahs están por ocupar el escenario principal, el Sol ya se puso y las pantallas se encienden de repente. Aparece el logo de Daft Punk, y “Get Lucky” suena en las bocinas. La gente empieza a bailar instantáneamente, las cámaras de sus celulares en alto y gritan cuando los robots aparecen en los videos. En menos de dos minutos termina y las pantallas vuelven a apagarse. El ánimo colectivo es de confusión extática: ¿Qué carajos fue eso? El equipo de Daft Punk  intercambian palmadas de felicitación en la espalda. Bangalter pone su brazo en el hombro de de Homem-Christo y le dice algo en francés al oído. Luego se alejan de la valla y se van caminando juntos, sólo un par de sonrisas más entre la multitud. 

Escucha Random Access Memories:

En este articulo: Daft Punk
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